Adolescencia: cuando no mirar también tiene consecuencias

No todos los adolescentes se pierden, pero todos, en algún momento, necesitan que alguien los vea, los escuche y no se rinda con ellos.; porque cada etapa de la vida construye la siguiente, y esta —más que ninguna— necesita ser sostenida con conciencia.

Por Eva Fernández, Psicóloga Acompañando con conciencia la adolescencia, el desarrollo personal y las relaciones humanas

Hay historias que entretienen, otras que emocionan, y luego están las que incomodan, las que no puedes ver sin detenerte a pensar.

Una historia reciente —como la que plantea la serie británica “Adolescencia”— ha hecho justo eso: remover. No porque sea una verdad absoluta, sino porque nos obliga a mirar lo que muchas veces evitamos.

¿Qué ocurre cuando dejamos de ver la adolescencia como una etapa que necesita sostén y la tratamos como si fuera un campo de batalla?

No todos los adolescentes viven historias como la de Jamie. No todos provienen de entornos frágiles o desconectados. Muchos crecen rodeados de cuidado, con vínculos seguros y adultos presentes. Y, aun así, la adolescencia no es una etapa sencilla. Porque incluso cuando hay conexión y atención, este momento vital tiene sus propias contradicciones, desafíos y transformaciones.

Si has visto la serie y no te ha resonado —si te pareció exagerada, lenta o lejana— también es legítimo, pero si ha habido muchas personas que se han sentido profundamente removidas, quizá merezca la pena preguntarse por qué.

Este artículo no busca convencerte; solo ampliar la mirada. Porque muchas veces, detrás de lo que no sentimos, hay algo que todavía no hemos querido mirar.

Salud mental en la adolescencia: el grito que no siempre se oye

Jamie, el protagonista, no es un monstruo. Es el reflejo de un adolescente que no ha sido contenido, ni visto, ni comprendido. Moldeado por discursos extremos, modelos emocionales empobrecidos y silencios afectivos. NO ES EXCUSA. Es contexto.

Y todo profesional que trabaja con jóvenes sabe que el contexto importa.

A veces confundimos la rebeldía con agresividad; la apatía con desinterés; la impulsividad con falta de valores. Pero muchas veces son otra cosa: síntomas de un malestar que no sabe expresarse, de una identidad que busca un lugar y no lo encuentra.

La salud mental adolescente no es una moda. Es una necesidad urgente.
Es prevención. Es acompañamiento. Es responsabilidad colectiva.

No todos los adolescentes… pero todos transitan

Cada adolescente es único. Incluso dentro de una misma familia, con los mismos valores y principios, cada uno vive su proceso de forma diferente.
No hay fórmulas universales, pero sí hay una certeza: todos transitan una etapa vital que les desafía por dentro y por fuera: cambios físicos, búsqueda de identidad, intensidad emocional, necesidad de pertenencia, ruptura progresiva con la infancia…
Y sí, también contradicciones, frustraciones y momentos en los que la conexión con los adultos se tambalea.

La adolescencia no es un problema a resolver; es una etapa que acompañar.
Y cuanto más sepamos sobre ella —como profesionales, como padres, como sociedad—, mejor podremos sostenerla.

“Acompañar no es controlar. Es estar”

Lo que más impacta en la historia de Jamie no es solo el desenlace; es lo que no se ve: la soledad emocional, la falta de guía interna, la ausencia de vínculo real.

Acompañar no es invadir. Es preguntar sin juzgar. Estar sin exigir. Esperar sin abandonar. Y sí: intervenir con firmeza cuando hace falta. La intervención legal o disciplinaria no contradice la contención emocional. Son planos distintos.

Comprender no es justificar; es intervenir desde el respeto, la responsabilidad y la reparación.

Exceso de redes, defecto de vínculo

Jamie crece entre dos vacíos: Un exceso de estímulos digitales sin filtro y un defecto de acompañamiento real.

Muchos adolescentes consumen contenido emocionalmente tóxico sin que nadie les enseñe a identificarlo, cuestionarlo, o gestionarlo.

El ruido externo crece cuando el silencio interno lo permite.
No se trata de demonizar las redes, sino de no dejar a los adolescentes solos ante ellas, porque cuando no hay filtro emocional, todo entra. Y lo que entra, moldea.

   La adolescencia no empieza a los 12. Empieza mucho antes

No podemos entender la adolescencia sin mirar todo lo que vino antes.
Las bases emocionales se empiezan a construir en la infancia:
en cómo se regula la frustración, en cómo se recibe el afecto, en cómo se resuelven los conflictos.

“La adolescencia no es una etapa que se trata, es una etapa que se prepara”.
Y se prepara con vínculos, con referentes, con modelos claros. Con errores también, sí, pero con adultos que estén ahí, incluso cuando no tengan todas las respuestas.

No es una garantía, pero sí una protección, porque si no damos herramientas antes… en la adolescencia no aparecerán por arte de magia.

Cuidar la adolescencia es cuidar el futuro.  Esta serie no habla solo de un chico; habla de todos nosotros, de cómo miramos a los jóvenes, de cuánto nos implicamos en su proceso, de si realmente estamos dispuestos a dejar de señalar… y empezar a acompañar.

Como psicóloga especializada en adolescencia no creo en fórmulas mágicas, pero sí creo en el poder del vínculo; en la importancia de la mirada, y en algo que la experiencia me ha enseñado una y otra vez: ningún adolescente florece en la soledad emocional.

Acompañar la adolescencia con conciencia debería ser un compromiso que, como sociedad, no deberíamos aplazar porque lo que hacemos o dejamos de hacer en esta etapa, no desaparece; se convierte en futuro; en vínculos o en carencias; en seguridad o en confusión… Por eso, entender qué necesita un adolescente, cómo estar ahí y por qué importa tanto, no es solo un acto de cuidado individual, sino una apuesta por una sociedad más humana, más consciente y más viva.

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